Oiza a un paso de la santidad

En el día de hoy se cumplen doce años del fallecimiento de una de las grandes figuras de la arquitectura española contemporánea, Francisco Javier Sáenz de Oiza (Cáseda, 1918 – Madrid, 2000), arquitecto navarro que partiendo del funcionalismo siguió una línea innovadora que trascendió el umbral de lo específicamente arquitectónico.

El autor de Torres Blancas nunca quiso volver a la naturaleza sin antes construir la ciudad.

Nacido a la sombra del Partenón, en el paso del mito al logos, donde la arquitectura tiene que ver más con el arte, los lazos y la poesía que con la técnica, Oiza no sólo aprendió a copiar. Después que Lorca hallara el verso y que Belerofonte a lomos de Pegaso derrotara a Quimera, Oiza convirtió singularidad en provocación.

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Su obra, encarnación de todo el humor de un pueblo, trasciende del ámbito profesional. Aunque su capacidad de riesgo para subestimar los infortunios, en ocasiones polémica, con frecuencia magistral, no bastó para consagrarlo artista.

A decir verdad, los hombres no somos dueños de nuestro destino. La curiosidad de ver hasta dónde podemos avanzar nos reserva un naufragio seguro. Sáenz de Oiza dio la vida por esa causa a condición de no tener que defenderla. No sujeto a más códigos que los de su propia creatividad, sólo pudo curarse frecuentando la Arquitectura.

En las cumbres de su vida fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (1993) aunque, al contrario de lo que se cree, siempre estuvo más cerca del desplome.

Compaginó la actividad profesional con la docente durante toda su vida, ejerciendo una labor encomiable en la transmisión del saber como profesor y director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid donde se licenció como arquitecto con el mejor expediente académico en 1946, el mismo año que ganó el Premio Nacional de Arquitectura, y como profesor emérito después de jubilarse. Todavía le recordamos contando a los cuatro vientos que la formación de su querido y admirado maestro Le Corbusier aconteció de manera autodidacta.

Nada hay que se parezca más a la gloria que Santa Sofía y nada hay que se parezca más a Santa Sofía que Oiza.

Pero si el olvido de ese tiempo que se niega a avanzar es cuestión de generaciones; si contamos solamente para quienes ignoran nuestros antecedentes y somos víctimas del recuerdo hasta el olvido, entonces es hora de desquitarnos.

No importa que Francisco Javier Sáenz de Oiza fracasara como arquitecto si era un pésimo profesional. Nos ha enseñado demasiadas cosas, nunca se lo perdonaremos.


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